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INSTITUTO DE LOS ANDES

LA DELICIA DE LUCUMA

La delicia de Lúcuma y el Manchay Puito: Una historia de dulce y prohibido amor

por Jaime Ariansen Céspedes

cpintura01.jpgEsta es una historia de dulce amor, sin lugar a dudas. Me la contó mi abuela con nostalgia y lágrimas en sus ojos de miel, es una historia de su tierra y de su familia en el Cuzco. Me emocioné al oírla, hablaba casi sin pausa, con seguridad, como si ella estuviera viviendo los sucesos.

Quedó una profunda huella en mi interés y curiosidad, debía escuchar esa melodía prohibida. Solo pude hacerlo diez años después y fue la experiencia más alucinante que ustedes se puedan imaginar, el sonido de esa quena de hueso fue tan claro, triste y melancólico que hicieron vibrar hasta la última partícula de mi ser y cada vez que me acuerdo de ese momento reviven en mí la figura y la bondad de mi abuela Mercedes y hasta puedo oler y saborear el dulce de lúcuma que degusté mientras escuchaba aquella historia.

Se inicia en el puerto del Callao, en el Pacífico, la tarde del 15 de agosto de 1798. El puerto estaba cubierto de neblina y saturado de una fina garúa; casi no se distinguía el suave desliz, llegando a puerto, del bergantín "Elise" de la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales. El pequeño barco marrón y ocre tenía dos palos como mástiles especiales, con velas cangrejas y foque, y adicionalmente le habían añadido una vela cuadrada, como seguridad para un largo recorrido, que le daba una muy singular apariencia.

El "Elise" había partido de Ámsterdam con el propósito de comercializar entre los principales puertos del mundo. Su periplo completo duraría un año y desde el Callao, el distante y codiciado puerto del Virreinato del Perú, se dirigiría a Tahití y de allí iniciaría el retorno a casa, en el noroeste de Europa.

Sólo algunos funcionarios lo aguardaban, pero no sabían de fechas. Ya se había atrasado varias semanas en su itinerario, por eso fue absolutamente normal que nadie fuera a recibirlo, sólo algunos pescadores y los siempre curiosos habitantes del puerto siguieron con la mirada su silenciosa y lenta entrada en la bahía.

Llegó en el bergantín un personaje muy especial, un sacerdote español, también músico y doctor, don Gaspar de Angulo y Valdivieso. Tenía el encargo de ocupar la parroquia de San Blas, en el Cuzco.

No hemos podido encontrar indicios que indiquen en qué lugar abordó el padre Angulo al "Elise", y estábamos intrigados porque este Bergantín no pasó por España. Pero, en cambio hallamos testimonio de su amistad durante el viaje con el famoso artista Guillermo Van Den Velde, a quien el padre Angulo le dedica varias frases muy amables en su diario y del que exhibiría siempre como un preciado regalo una pintura marinera. Durante muchos años y ya en el siglo XX, este valioso cuadro engalanó la pared principal, sobre la chimenea, del gran salón del Hotel de Turistas del Cuzco.

cpintura02.jpgLo que sí es evidente, porque también se encuentra perfectamente documentado, es que don Gaspar disfrutaba de una respetable fama de hombre de ciencia y lucía en sus treinta y tres años una fresca figura de hombre noble y una profunda mirada de muy especial intelecto.

También hemos encontrado cartas que indican que estuvo en Lima más o menos seis meses, antes de emprender el viaje a su piadoso destino en la parroquia de San Blas, precioso lugar en el barrio de los artistas y artesanos del Cuzco.

Durante su estadía en Lima, el padre Angulo se alojó en la casa del doctor Gustavo Campodónico, en la cuarta cuadra de la calle de Los Escribanos. Tampoco existen indicios de por qué no fue al convento de su orden. Pero sí, de otra amistad con la familia de Ivo Claeyssen, importador y fabricante de muebles finos que moraba en la tercera cuadra de la calle Plumereros.

Las dos actividades más importantes de don Gaspar en Lima fueron reseñadas por los diarios El Espectador y La Gaceta de Lima. La primera, fue un concierto que ofreció en el Palacio Arzobispal donde interpretó magistralmente a Vivaldi y la segunda, una conferencia que dictó en la Escuela de Medicina de San Fernando, comentando un reciente descubrimiento del sabio inglés Edward Jenner sobre un nuevo concepto para evitar las enfermedades, la vacunación.

Después, don Gaspar por años sostuvo una sustanciosa correspondencia con las familias Campodónico y Claeyssen y de esa documentación se conocen algunos pormenores de su vida en la parroquia de San Blas, en el Cuzco.

Existe una carta fechada el 12 de Marzo de 1799 que retrata sus impresiones sobre su barrio y su iglesia:

«Es el lugar más pintoresco de la Tierra, sus calles son torcidas y estrechas, todas muy empinadas, trepando el cerro, las casas blancas y las tejas rojas, el ambiente huele a malva y clavelina. Y es un espacio muy musical, cuando lo inunda el canto de unos encantadores pajarillos que aparecen cuando madura el maíz, a los que llaman Choqllopokochi.

Conozco muchas iglesias en Europa y estoy seguro ninguna tiene un púlpito tan maravilloso, fue tallado en una sola pieza por un artesano indio, Juan Tomás Tuyrutupa, de un gigantesco cedro. Casi no se le puede describir, es necesario verlo, el que lo admira queda subyugado. Todo en él es majestuoso y divino. Un inspirado Santo Tomás está rodeado de nueve doctores de la iglesia. En el centro está grabado el escudo del Obispo Manuel Mollinedo y Angulo (que a lo mejor fue pariente mío). En la taza del púlpito están los cuatro Evangelistas, y lo principal, ¡La más hermosa de las vírgenes!, la señora María del Buen Suceso, que Juan Tomás hizo rezando, besando la madera que tallaba y llorando cada vez que recordaba que ella le había hecho desaparecer sus lepras.»

 

Rápidamente, con su actitud sabia y bondadosa, el padre Angulo ganó el multitudinario cariño y popularidad del devoto del pueblo cuzqueño, que no sólo concurría a la parroquia de San Blas para curar el alma, sino también el cuerpo, ya que don Gaspar era tan diestro con las medicinas como con los evangelios y de yapa brindaba en cada ocasión que podía delicados conciertos que cautivaban por su maestría.

Existen en el Cuzco y en Lima reseñas sobre la música del padre Angulo, que coinciden en alabar la pericia con que estudió la gran variedad de flautas, quenas y antaras de las serranías americanas.

La difusión con maestría y bondad de las ciencias, la fe y el arte producen siempre buenos dividendos, porque estos ingredientes son insuperables. No podemos decir si el matiz obtenido por don Gaspar era más bien de héroe o de santo, o una mezcla de ambos, pero lo cierto es que la devoción hacia su persona creció como la espuma. A la vez, el obispado y el cabildo no desperdiciaban ocasión para consultarlo en casos difíciles y su dictamen era siempre aceptado como sabio y justo.

Durante seis años, don Gaspar Angulo y Valdivieso dio singular ejemplo en el cumplimiento de los sagrados deberes de su ministerio. Hasta que un día, el 24 de Agosto de 1805, onomástico de San Bartolomé (¡que es el único día del año en que el diablo tiene licencia para transitar por el mundo en forma de tentación!), le ocurrió al padre Angulo algo muy especial que transformaría su vida para siempre.

cpintura04.jpgEsa tarde conoció a una bella y dulce joven de veinte años llamada Anita Sielles, de la que hemos encontrado una deliciosa descripción, escrita muchos años después, en 1882, por el célebre tradicionalista don Ricardo Palma, quien retrata a la joven de esta manera muy especial: "Anita Sielles era una linda muchacha de veinte pascuas muy floridas, con una boquita como un azucarillo, y unos ojos como el lucero del alba, y una sonrisita de gloria in excelsis deo, y una cintura cenceña y un piececito como el de la emperatriz de la gran China y un todo más revolucionario que el Congreso".

Con semejante descripción, no dudamos un segundo, del impacto celestial que causó la señorita Sielles en el santo don Gaspar.

Anita comenzó rezando el rosario en la parroquia de San Blas, luego, preparando un especial incienso de rosas y limón, mientras registraba con su delicada letra los matrimonios, bautizos y defunciones en el libro parroquial y, sobre todo en las tardes, preparaba los dulces que se vendían en la sacristía para aliviar la economía de la Parroquia. Había uno especial, no se vendía, Anita lo preparaba sólo para el padre Gaspar. El nombre él mismo se lo puso: "Delicia de Lúcuma".

cpintura05.jpgDespués, ayudaba a preparar las infusiones curativas y poco a poco mil cosas más, que le ocupaban tanto tiempo en la parroquia, que el pueblo vio con absoluta naturalidad la decisión de que "por comodidad y sus muy numerosas tareas debería vivir en la parroquia". Todo era tan perfecto y bueno, que ninguna maledicencia llegó ni siquiera a acercarse a los muros de tan piadoso edificio. Hubiera sido un pecado capital, pensar siquiera por un momento, que la tentación de la carne pudiera llegar a un santo varón y tan virginal dama.

Pero las cosas eran como usted querido lector está pensando... tiene toda la razón. En la parroquia se desató la más encendida pasión que se puedan imaginar: Romeo y Julieta, Abelardo y Eloisa, Marco Antonio y Cleopatra y cualquier otro par de famosos amantes serían fríos, principiantes, inexpertos, comparados con Anita y Gaspar.

En San Blas, las campanas sonaban solas, musicales y multicolores lo inundaban todo de alegría. Los cirios se encendían espontáneamente y el órgano funcionaba todo el día, una veces tierna y dulcemente, otras febril y apasionadamente, pero nunca dejaba de interpretar; una tras otra, miles de melodías que se sucedían, siempre inventando una nueva armonía, jamás ensayada antes, con infinita creatividad, produciendo figuras inéditas que sólo puede generar un amor sin límites, que en un ardoroso crisol fundía en indisoluble amalgama, miradas y pasión, promesas y pasión, caricias y pasión, suspiros y pasión, pasión y más pasión.

Los próximos seis meses fueron todos de un mismo color: rosa esperanza; de un mismo sabor: fresa tentación; de un mismo olor romántico de madreselva y sándalo. El aroma del amor y la pasión lo envolvía todo, del amor infinito, del amor sin límites, del amor prohibido de Anita y Gaspar.

Una mañana de junio, fría y diáfana, llegó un emisario a la parroquia con una urgente misiva. El obispo de Arequipa don Gustavo Mendoza y Barrionuevo, requería del sabio consejo de don Gaspar, por lo que le pedía que fuera a esa ciudad "en el término de la distancia".

En la siguiente semana, don Gaspar acudió al llamado, con la firme promesa de no demorar ni un minuto más de lo estrictamente necesario. La despedida de su amada fue muy tierna, las miradas se entrelazaron infinidad de veces, hasta que las figuras se diluyeron, empequeñecidas por la distancia. El padre don Gaspar Angulo y Valdivieso estaba rumbo a Arequipa.

El viaje, las entrevistas, los consejos, las compras de regalos para Anita, más consejos, más entrevistas y más regalos para Anita, las realizó tan rápido que en menos de lo que canta un gallo y que alguien se diera cuenta de que existen otras dimensiones, como la nostalgia o la necesidad imperiosa, vital, del encuentro con la amada... antes de que nadie se percatara, don Gaspar fabricó una cortina de simpatía y admiración, tras la cual desapareció.

El padre Angulo había dado por terminada su misión en Arequipa y estaba nuevamente en el polvoriento y florido camino, esta vez de regreso a su devota y pintoresca parroquia. Añoraba más que nunca la piel tibia y tierna de la razón de su vida.

En la quebrada de las Tres Cruces, a unos 30 kilómetros del Cuzco, le dio el alcance Sebastián, su fiel sacristán, que pálido tembloroso y sin aliento le entregó una misiva que decía:

«Mi amor, regresa lo más pronto posible. Una rara fiebre se ha apoderado de mí, desfallezco, ya no tengo fuerzas para moverme. Sólo un beso tuyo podrá transportarme nuevamente a nuestro paraíso. ¡Te necesito tanto!, Tuya por siempre... Anita.»

Los ojos inundados de lágrimas, los cabellos al viento, mil latidos del corazón, espuelas clavadas como garfios en el brioso corcel. El camino parecía infinito, nunca los kilómetros fueron tan largos, nunca los metros fueron tan interminables, nunca el tiempo fue tan lento, hasta divisar la estrecha cuesta empedrada en cuyo final estaba la plaza y la parroquia de San Blas.

Anita, había fallecido hacía dos días y la enterraron piadosamente en el jardín posterior de la iglesia. Don Gaspar, desesperado y con febril éxtasis, no reconoció a ninguna de las muchas personalidades que lo esperaban para compartir un infinito dolor que inundaba el ambiente; parecía ausente de todo, sólo su cuerpo estaba allí, su esencia estaba lejos, muy lejos, donde se reúne la gente buena, en la eternidad.

Respetando su dolor sin límites, todos guardaron silencio, el silencio más profundo que pueda existir, nadie respiraba, ni siquiera los corazones latían, la gente que los amaba, mucha gente, de toda condición, de todo lugar, aguardaban inmóviles, como figuras de piedra, a distancia cuidando que nadie interrumpiera el duelo de la casa parroquial.

Don Gaspar les pidió salir a los que quedaban en la iglesia y cerró tras él la pesada puerta principal. Durante las siguientes tres horas, nadie se movió en la plaza, ni siquiera pestañó, cuando de repente un estremecimiento general se apoderó de todos. De la iglesia comenzó a brotar un torrente cristalino, una melodía que hacía vibrar todo el ambiente, de infinita tristeza, que llegaba a todos los rincones, produciendo un tierno temblor, sin ningún rasgo de violencia, pero con una fuerza muy poderosa, la más importante de todas, el poder del amor.

La música procedía de una quena colocada dentro de un raro cántaro de boca ancha y con agua hasta la mitad de su volumen; era el "Manchay Puito", que producía la melodía de la vida y de la muerte, era la fuerza musical, la que podía traer del más allá a la persona amada.

Cada vez la melodía era más intensa, cada hora las notas eran más tristes, más profundas, suplicantes, todos lo que estaban en la plaza San Blas se quedaron sin lágrimas, sin suspiros y sin fuerzas. Durante tres días y tres noches la quena no dejó de sonar ni un solo instante.

A las cinco de la tarde del 2 de julio de 1804, llegó el final de esta ceremonia de amor, de este sublime ruego musical. Un remolino multicolor con todo el triste sonido se elevó como un rayo rumbo al cielo, mientras comenzaba a caer una fina garúa con un suave olor a musgo.

La expectativa fue absoluta, durante los siguientes minutos nadie se atrevió a tomar la iniciativa, hasta que el Alcalde del Cuzco don Jerónimo Peñafiel, se acercó lentamente a la puerta de la iglesia. Le siguieron algunas autoridades eclesiásticas y civiles, la empujaron suavemente y se encontraron ante un triste cuadro, bello y misterioso.

Anita se encontraba sentada en un sillón con un traje de raso verde esmeralda, tenía en la frente una corona de azahares, lucía diáfana y hermosa como sumida en un profundo sueño. Definitivamente no estaba muerta. Frente a ella y compartiendo su infinito sueño, don Gaspar de Angulo y Valdivieso estaba engalanado y en su mano brillaba la quena del Manchay Puito, con que había tratado de revivir a su amada.

Junto a ellos, en el muro de la iglesia, habían aparecido reflejados de la imagen del púlpito, los rasgos de la noble señora, de la madre amantísima, de la bendita Señora del Buen Suceso.

La virgen tenía una dulce expresión y un rosario de perlas en las manos, que se convertían, mediante una celestial metamorfosis, en miles de pétalos de rosas que brotaban de la pared y cubrían todo el espacio hasta donde estaba sentada Anita Sielles. Constituían un cuadro de paz, un cuadro de amor eterno, del más puro de los amores.

En las siguientes semanas, la historia de Anita y Gaspar recorrió toda América y llegó como un exótico tema hasta la corte de Carlos IV y como un documento muy serio hasta el Vaticano, a la Comisión Papal que analizaba casos de milagros, como minuciosos "abogados del diablo".

Los feligreses del Cuzco y en especial los de San Blas, comenzaron a llevar flores diariamente y poner velas encendidas alrededor de la imagen aparecida en la pared, de la hermosa Señora del Buen Suceso. Este hecho continúa hasta nuestros días, con la fundamental fuerza de 200 años del más puro amor.

Rápidamente se fueron acumulando en la tradición popular una larga lista de testimonios de los "milagros". Todos tenían un mismo rasgo, habían logrado solucionar problemas del amor difícil, del amor lejano, del amor no correspondido, del amor traidor. Pronto también el rito del Manchay Puito fue muy popular, usado siempre que existía nostalgias de amor.

Pero, esta aparente inofensiva ceremonia fue tomando un matiz trágico ya que terminaba en muchos casos con el suicidio de los amantes, de los amantes impacientes, de los amantes sin fe, de los amantes sin tiempo. Fue tan rápida la multiplicación de esta epidemia de amor amargo, que con carácter de "muy estricto" se publicó un edicto real confirmado por el virrey Rafael de Sobremonte que "prohibía terminantemente la práctica del Manchay Puito en todos los territorios del virreinato". Esta orden fue reforzada con la no menos importante bula de excomunión, dictada por el Papa Pío VII, para los que celebraran en la América esa ceremonia "diabólica".

En la erradicación de la costumbre y la extirpación de esa idolatría se emplearon diez años de esforzado trabajo de las autoridades civiles y eclesiásticas. Para 1815 ya no existían en los territorios de España en América instrumentos para realizar la ceremonia del Manchay Puito, cántaros y quenas habían sido destruidas, sólo quedaban miles de historias.

Y por supuesto la receta de la bella Anita, que la pudimos copiar de su cuaderno original:

Delicia de Lúcuma - Ingredientes: 1 litro de leche fresca, unas gotas de esencia de rosas, una taza de azúcar, 5 huevos, dos tazas de lúcuma (la exquisita fruta peruana), vainilla al gusto. Se hace hervir la leche con el azúcar, se la hace espesar como dulce de leche, se le añade la esencia de rosas, entonces se quita del fuego y se hace enfriar, se le pone las cinco yemas batidas y la fruta bien molida, luego se pasa por un tamiz y se le agregan las claras batidas a punto de nieve, se pone todo en un molde bien untado de mantequilla y luego al fuego en baño de María. Se vacía en una fuente y cuando esté en su punto se baña con una crema de vainilla y lúcuma.

 

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Cuadros de Isabel Francés Gómez-Jordana
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