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INSTITUTO DE LOS ANDES

02 LA PINTURA

LOS TESOROS PERDIDOS DEL ARTE



De muy distinta manera a como traslucía la afirmación de Hegel, las obras de arte también tienen fecha de caducidad, a veces, si fueron elaboradas de forma poco perecedera y caen en manos de una cultura que comprende la importancia del patrimonio pasado, más tardía que temprana. Pero, en cualquiera de los casos, su desaparición termina siendo inevitable, mucho más si hablamos de países que están en guerra. Así, una de las últimas grandes ofensivas contra testimonios históricos ha sido la guerra de Irak, durante la cual fueron expoliadas y destruidas decenas de piezas del Museo Arqueológico de Bagdag. Una barbarie que recuerda a la perpetrada por los nazis, culpables, en el terreno artístico, de desposeer a las principales familias judías de cientos de miles de obras, la mayoría calificadas de “arte degenerado”, cerca de 40.000 de las cuales aún siguen en paradero desconocido.

Cuando el arte ofende

Y es que, cuando el fanatismo y una moral rígida se emparejan, poco puede hacerse. “Degenerados” fueron para la Alemania nazi Picasso, Otto Dix, George Grosz, Paul Klee, Henri Matisse, Kurt Schwitters… así como casi todos los representantes del arte considerado moderno en el s.XX, los cuales fueron perseguidos y sus obras, en muchos casos, destruidas. Una pauta, la de la eliminación, que se suele emplear cuando se considera que la obra que se tiene enfrente es ofensiva por algún motivo, en el que suelen intervenir las más de las veces consideraciones de tipo religioso, político o sexual. Un buen ejemplo de ello son las múltiples agresiones que han tenido que sufrir las obras de arte icónicas en los museos.

La chispa que acabó con “El infierno”

Las causas naturales son otro de los principales motivos por los que multitud de obras de arte han desaparecido con el paso de los siglos. No es de extrañar: este factor entra dentro del propio ciclo de vida de la obra y es inevitable. Sin embargo, sí es una pena que en muchas ocasiones desaparezcan maravillosas creaciones por culpa de la mala gestión de las instituciones que las contienen. En el 2004 un desastroso incendio acabó con cien obras de la colección Saatchi (entre ellas “Hell” de los hermanos Chapman), en el 2006 se descubrió que una monumental escultura de Serra, guardada por el Museo Reina Sofía (Madrid), llevaba perdida desde el 92, el Museo de Toledo (Ohio, EE.UU.) perdió un Goya en ese mismo año durante su traslado al Guggenheim de Nueva York para una exposición temporal, y Munchs, Leonardos y Van Goghs, Monets y Picassos suelen ser los habitualmente robados de las salas de museos al cabo del año.

En la lista roja

Así llegamos a uno de los principales culpables de que muchas obras de arte “desaparezcan”, en ocasiones durante décadas: el robo. Las sustracciones no sólo implican que no sea posible volver a disfrutar de la creación en particular sino que su rastro desaparezca, puede que para siempre, ésta sea reconvertida en otra obra diferente, que acabe en el salón de una anciana que compró la obra en un mercadillo décadas después o que las casas de subastas acaben metidas “en líos”. El valor de estas obras suele ser incalculable y ello lleva a que, muchas veces, el organismo encargado de su rastreo ofrezca una recompensa a cualquiera que pueda aportar información acerca de su paradero. Y, en relación a esto, una última curiosidad para todos los aficionados al arte: la Interpol posee una lista roja de las últimas obras robadas que puede visitarse. artelista.com 

GOYA EN PANTALLA



El coloso

El Museo del Prado (Madrid, España) emitía hace unos días un comunicado que ha causado un auténtico revuelo en los círculos artísticos (y los que no son artísticos): la nueva atribución del cuadro El Coloso, considerada hasta ahora una de las obras cumbre de Goya, a Asensio Juliá, quien habría sido amigo y colaborador del pintor aragonés. Hasta aquí nada especial, las atribuciones erróneas suelen ser frecuentes en la Historia del Arte, más cuando hablamos de autores con una gran producción que habrían precisado de aprendices, talleres o, incluso, otros maestros pintores. Sin embargo, el debate que se ha abierto respecto al “valor” de la obra es asombroso por lo descabellado, ya que supedita la concepción de la calidad artística al nombre reconocido. Y esto, además de entrar dentro del terreno de la falta de lógica, es una pérdida para todos por el maniqueísmo implícito en la consideración basada en exclusiva en la firma de un artista que, así, no posee más valor que la de una marca comercial cualquiera.


La norma común

En épocas anteriores, cuando los artistas debían acometer grandes encargos, por lo general murales, no era extraño que contaran con la ayuda de otros artistas. En ocasiones, el volumen de trabajo era tal que llegaban a instituir talleres, donde el desempeño del mismo se consideraba común y la producción muchas veces respondía a la mano de varios artistas, aún en fechas en las que el prestigio individual de creador comenzaba a ser reconocido. De hecho, en la actualidad, es más que probable que obras que son consideradas como pertenecientes a un autor determinado hayan sido finalizadas en parte por alguno de los aprendices a su servicio.


¿El nombre hace al cuadro?

Aún contando con que es posible apreciar diferencias en la ejecución de las líneas de composición de las figuras, o quizá una menor técnica o falta de precisión en la aplicación pictórica, no es posible poner en tela de juicio el valor de una obra hasta el momento considerada un ejemplo artístico simplemente por el mero hecho de que el nombre de su autor haya cambiado. De hecho, la consideración de un autor solía producirse en función de la valoración del corpus general de su obra. En la actualidad, parece ser que nuestra forma de acercarnos al arte ha variado tan sustancialmente como para considerar que, a la inversa, es el nombre del artista el que otorga calidad a una obra, sin tener en cuenta otro tipo de consideraciones. El Museo del Prado ha encontrado diferencias estilísticas entre la obra El Coloso y otros cuadros de Goya; esto, junto con la aparición en una esquina del cuadro de las iniciales A. J., ha dado el primer aviso acerca de la posibilidad de una atribución errónea, cuya certeza se presentará después de la oportuna investigación. Esta circunstancia es positiva, puesto que, cuanto más fiables sean los datos que corresponden a una creación, más puede avanzarse en el camino de la historiografía artística. Sin embargo, lo que no es posible es dudar ahora, después de años de reconocimiento, del valor de un cuadro simplemente por el cambio en el responsable de su factura.


Abriendo la caja de Pandora

Además, y junto con lo anteriormente comentado acerca del trabajo conjunto de artistas en fechas posteriores, la justificación de una diferencia estilística entre esta obra y otras de Goya, de factura mucho más concienzuda, no es lo suficientemente definitiva como para impulsar al Museo del Prado a hacer una comunicado de semejante publicidad. Las pinturas de Goya realizadas en la Quinta del Sordo poseen muchas de las características enunciadas para explicar la no atribución de la obra al aragonés, y el debate abierto acerca de “la pérdida de un Goya”, como se ha comenzado a llamar al hecho, da pie al desprecio de cuantos, sin importarles la firma del cuadro, han incluido durante años la obra entre sus filas de grandes creaciones de la historia. Y es que, por si no lo sabían, no todo lo que vemos hoy día en los museos corresponde ni mucho menos al nombre que figura en la cartela de la pared… artelista.com

LA VENUS DE VELÁZQUEZ

¿Sabías que el espejo de La Venus de Velázquez tiene varias interpretaciones simbólicas?


  La Venus del espejo, de Diego Velázquez

La ambivalencia del espejo, uno de los objetos preferidos por Velázquez, esconde en su reflejo multiplicidad de significados. Una de las pinturas representativas de este marco simbólico es La Venus del espejo. Esta obra, la única conservada del artista en la que aparece una mujer desnuda, ha provocado polémica durante años.

Quién es la Venus - Esta es una de las cuestiones más planteadas en torno a La Venus del espejo. Varios expertos confirman que Velázquez pintó el cuadro entorno a 1648, antes de su segundo viaje a Italia, por encargo del rey Felipe II. Otros especialistas piensan que lo realizó durante ese viaje (1648-1650). Este dato es importante porque se podría tratar del retrato de la amante italiana del pintor. Sin embargo, todos los expertos coinciden en que el primer desnudo integral de la pintura española tuvo que contar con el beneplácito del rey, por lo que sólo pudo ser un encargo de algún personaje con poder. De este modo, se podría decir que la Venus es alguna de las amantes de Gaspar Méndez de Haro, sobrino del conde duque de Olivares, ya que aparece en un inventario de sus bienes fechado en 1651.

El símbolo del espejo - En la interpretación del cuadro podemos descubrir que la belleza del cuerpo de la diosa se contradice con la vulgaridad real del rostro desdibujado expuesta por el espejo. Este objeto reviste un doble significado, tanto desde el punto de vista moral como cognitivo. El primero, de naturaleza negativa, representa a la vanidad (mito de Narciso). Por el contrario, este símbolo tiene la aceptación positiva de la verdad, por su fidelidad a reproducir lo que muestra. Asimismo, también se puede analizar el modo en que Cupido sostiene el espejo (manos cruzadas y cinta rosa sobre ellas). Esto podría simbolizar la manera en que el amor permanece junto a la belleza. artelista.com

ADIVINANDO EL ARTE DEL MAÑANA



Las corrientes históricas, de la clase que sean, por lo general poseen un carácter pendular: a un movimiento le corresponde un opuesto, como una forma de “desintoxicación” de aquello que ha acabado saturando. Y el arte no es una excepción a esta regla. Así, al Renacimiento, por ejemplo, le siguió un estilo calificado de “opulento”, frente al clasicismo del primero: el Barroco, que cargará al final de su andadura las tintas en el excesivo Rococó ( seguido del depurado Neoclasicimo y etcétera ). Esto implica, en términos artísticos, una variación importante en el gusto estético que encamina las preferencias de público y, en menor medida, crítica, y la posibilidad más que segura de que lo que es considerado válido en una época sea desechado en otra, precisando para su “recuperación” de la claridad que implica el paso del tiempo ( normalmente unos cuantos siglos ). Además, y esto quizá sea lo más interesante de esta circunstancia, no es posible para un contemporáneo saber en qué quedaran finalmente en el futuro las obras ensalzadas como arte en su presente. artelista.com

LOS NÚMEROS MÁGICOS

¿Sabías que existe un número “mágico” en el arte?



El hombre de Vitrubio, de Leonardo da Vinci
( extraído de la Wikipedia española )



Conocido ya por los pueblos precolombinos, teorizado en época renacentista y denominado a comienzos del s.XIX, el número áureo o dorado es la “medida” matemática enunciada para explicar una proporción armónica especial. Una regla presente en la naturaleza y que puede encontrarse aplicada en numerosas obras de arte. El uso de la razón áurea ha estado rodeado de un halo de misterio y reverencia desde tiempo antiguo debido a las peculiares cualidades estéticas que ésta otorga, llegando a ser conocida como “la divina proporción”.

Teoría natural

Extiende el brazo. Mide su longitud desde el hombro hasta la muñeca. Ahora mide la distancia existente entre tu hombro y tu codo y, de nuevo, entre tu codo y tu muñeca. Ahí lo tienes: la relación numérica existente entre cada una de estas partes con la inmediatamente superior es la famosa sección áurea, representada por el número de igual nombre ( 1,61803 ), presente en animales, flores, música, esculturas, pinturas… Una teoría enunciada ya en el s. IV a. C. y cuya presencia en mayor o menor cantidad en un cuerpo u objeto es directamente proporcional a su “belleza”.

Un número para el arte

Quizá, de todos los artistas que lo han empleado a lo largo de la historia, sea Leonardo da Vinci el artista que jugó de manera más atractiva con el número áureo, algo muy acorde con su carácter tendente a los enigmas. Un buen ejemplo de ello es su famoso Hombre de Vitrubio, donde la relación existente entre las partes se corresponde con esta medida, siguiendo los planteamientos de simetría enunciados por este arquitecto y tratadista romano. No es el único: los templos griegos, algunas obras de arte povera, la famosa Leda atómica de Dalí, el Apolo de Belvedere, El Escorial en Madrid, la Venus de Botticelli, e, incluso se ha llegado a considerar, las pirámides de Gizeh, fueron realizados, en ocasiones de forma inconsciente, siguiendo una proporción áurea, algo que no es apreciable a primera vista pero que confiere a estas creaciones una apariencia armónica distinguible pero difícil de explicar. artelista.com

LOS ARTISTAS Y SUS MUSAS

Se cumplen ahora 125 años del nacimiento de Walter Gropius, más conocido por ser el padre de la Bauhaus y culpable, aunque esto ya no es tan famoso, de haberle robado la esposa al compositor Gustav Mahler, autor de desgarradoras sinfonías en “honor” de su mujer, Alma Mahler. Y es que, desde los tiempos del emperador Adriano y Antínoo, las historias de amor –o sus consecuencias- han poblado las esferas del pensamiento y el arte. La propia Alma Mahler, sin ir más lejos, es un buen ejemplo. Asidua de los círculos intelectuales de principios de s.XX y amante del susodicho Gropius, conquistó tanto al precursor del Estilo Internacional como a los pintores Gustav Klimt y Oskar Kokoschka, entre otros. No es sólo un caso de cotilleo artístico, va más allá. En la mayoría de los casos las relaciones sentimentales de los artistas son indisociables de su obra, y “sus mujeres” ( dado que, por lo general, los anales del arte tienen carácter masculino ) una fuente de inspiración.

Y se hicieron las musas…

“Etimológico” es una palabra que no puede dar a entender todo el significado de un término como “origen”, sin embargo, si hablamos de definiciones, es imposible no acabar cayendo en su uso. Así, por ejemplo, “museo”, etimológicamente hablando, es “el lugar donde habitan las musas”. O, lo que es lo mismo, el espacio que acoge todas las creaciones inspiradas por estas deidades mitológicas protectoras de las ciencias y las artes liberales. Nacieron, según la leyenda más extendida, de la unión de Zeus y Mnemósine; de Gea ( la Tierra ) y Urano ( el Cielo ) para muchos otros. Las versiones acerca de su origen son diversas, así como su número, consensuado finalmente por los griegos en nueve. Aunque, en la realidad, han sido muchas más...



Amor, pasión y arte

Que Goya estuvo locamente enamorado de la duquesa de Alba no es ningún secreto, pero que exista la posibilidad de que fuera la fuente de inspiración de
La Maja desnuda hace que miremos lo que se suponía un amor platónico con otros ojos. En cualquier caso, todos los testimonios dejan constancia de la fascinación que sentía el pintor por esta Grande de España. A lo largo de la historia han existido mujeres que, por su belleza, su carácter, o un extraño cúmulo de cualidades concretas, han enloquecido a artistas de toda condición. Dalí permaneció al lado de Gala durante más de cinco décadas. Once años mayor que él, casada con Paul Eluard cuando se conocieron y tendente a las infidelidades, fue adorada por el pintor como su mujer y su musa, y convertida en eje central de algunas de las mejores obras que éste dio al surrealismo.




Los casos son múltiples, y cada uno de ellos nos ayuda a comprender la figura de un creador y, en ocasiones, el motivo de sus creaciones. Así, al igual que se ha llegado a decir que Dalí no sería Dalí sin Gala, podemos asegurar que la obra del obsesionado Dante Rossetti no existiría sin Elizabeth Siddal. Su apariencia lechosa y su larga cabellera pelirroja atrajeron la atención de Millais, el primero de los prerrafaelitas en representarla como la Ofelia difunta de Shakespeare. No transcurriría mucho tiempo antes de que este hecho se convirtiera en realidad: tras la muerte de la hija que tuvo con Rossetti, y anulada y atormentada por un matrimonio obsesivo, Elizabeth se quitará la vida con tan sólo 33 años. Al igual que Jeanne Hébuterne se suicidará estando encinta tras conocer la muerte de Modigliani, una figura que no puede ser considerada como el más fiel y atento de los amantes ( agredía incluso a sus compañeras de cama ).
Estos nombres son tan sólo la forma por la que fueron conocidas las mujeres reales que compartieron la vida de algunos de los más famosos artistas de la historia, pero todas ellas perviven en su arte; en unas ocasiones como mártires del amor, encarnando a la Beatriz de Dante (
Beata Beatrix será el homenaje final de Rossetti a su compañera ), en otras como una de las muchas mujeres representadas por un pintor acostumbrado a los excesos, pero la única a la que jamás retrató desnuda.




Sin llegar a semejantes extremos, encontramos musas para todos los gustos, algunas de ellas de sobra conocidas por todos ( aunque aún no lo sepamos ), como Simonetta Vespucci, belleza famosa en la Florencia renacentista, alabada por poetas y deseada por nobles, es la conocida Venus de Boticelli. Los binomios son infinitos, casi tantos como artistas: Man Ray y Lee Miller, Rodin y Camille Claudel, Filippo Lippi y Lucrecia Buti, musa compartida igualmente por Boticelli, y un largo etcétera. Pero no sólo las mujeres han ejercido como tales, existen también “musos”: no hay más que recordar la extraña relación existente entre Van Gogh y Gauguin, por lo menos en lo que al primero respecta, para descubrir que ha habido personas que han desempeñado este papel, aunque la condición de amantes quedara excluida ( véase si no a Andy Warhol, homosexual reconocido, y a la malograda Edie Sedgwick ).

FRANCISCO DE GOYA

 

(Fuendetodos, Zaragoza, 1746 – Burdeos, Francia, 1828)

Francisco José de Goya y Lucientes, llamado Francisco de Goya, pintor y grabador español. Marcado por Velázquez influyó, y mucho, en la pintura contemporánea.

Su padre, José Goya, natural de Zaragoza, de origen vasco, estaba vinculado con el mundo de las artes por su oficio de dorador; su madre, Gracia Lucientes, era de familia labriega de Fuendetodos. El matrimonio Goya residía temporalmente en este pueblo cuando nació Francisco. Estaba avecindado en Zaragoza donde Francisco entró de aprendiz en el taller de José Luzán. A estos comienzos corresponde su trabajo más antiguo de que se tiene noticia, la decoración de un armario de la iglesia de Fuendetodos, pintura llena de inexperiencias, pero de una turbulencia de ejecución que presagia libertades futuras.

La actividad de Goya es poco conocida. Consta que en 1763 y 1766 se presentó en Madrid a sendos concursos convocados por la Academia de san Fernando; los premios fueron otorgados a otros pintores sin que Goya obtuviera ni un voto del tribunal académico.

En abril de 1771 se encontraba en Roma. De su estancia en Italia se sabe muy poco. El viaje, que costeó de su bolsillo, debió ser de corta duración. Desde Roma envió un cuadro a un concurso abierto por la academia de Parma, en el que obtuvo una mención honorífica.

A mediados de 1771 Goya había regresado a Zaragoza, donde en octubre del mismo año se le confió la pintura de la bóveda del coreto del Pilar. Este fresco, La gloria del nombre de Dios, terminando en la primera mitad de 1772 es todavía de composición poco hábil, pero presenta fragmentos de espléndida calidad.

En julio de 1773 contrajo matrimonio en Madrid con Josefa Bayeu, hermana de los pintores Francisco, Ramón y Manuel.

Salvo algunos viajes de corta duración, hasta su emigración a Burdeos, la carrera de Goya se desarrollará desde ahora en la capital.

Francisco Bayeu, zaragozano, discípulo también de José Luzán y doce años mayor que Goya, había ejercido sobre éste un ascendiente no conocido en detalle, pero que debió ser de mentor y maestro; de hecho, en 1771, al participar en el concurso de Parma, Goya declaró explícitamente que era discípulo de F. Bayeu. Gracias a éste, convertido ya en su cuñado, Goya empezó a trabajar como cartonista de la Real fábrica de tapices de Madrid. Los 63 cartones que ejecutó entre 1775 y 1792 constituyen indudablemente la vertiente más sabrosa de su producción durante este período, y patentizan el progresivo dominio técnico, el afinamiento de paleta y la desenvoltura de invención y observación que el maestro fue desarrollando a lo largo de esos años.

 
Los temas de los cartones, de carácter costumbrista y popular, no fueron elección de Goya, pero le ofrecieron un campo muy propicio para dar una visión fresca, amable, y llena de gracia y de humor de la vida que le rodeaba. Paralelamente a la maestría que acreditan los cartones y otras pinturas de tenor similar, Goya se fue revelando como retratista consumado; algunos de sus retratos del noveno decenio, de un chispeante gusto rococó: Floridablanca, La familia de los duques Osuna, La marquesa de Pontejos… son piezas de primer orden dentro de la impresionante galería humana que Goya irá registrando hasta su muerte.

La evolución general de la pintura madrileña en los años setenta y ochenta está marcada principalmente por el influjo en sentido neoclásico derivado de Mengs. Esta crisis fue superada por la clarividencia pictórica de Goya, que sólo la reflejó con resultados limitativos en ciertas obras, especialmente en las de asunto religioso, más acomodadas al gusto dominante: Cristo crucificado de 1780, la Sagrada Familia (Prado), San Bernardino de Siena predicando ante Alfonso V.

En el período que va hasta 1790 Goya se afianza en la corte. Desde 1780 es miembro de la Academia de san Fernando y asiste regularmente a sus sesiones. Goza de bienestar económico. Se va imponiendo como retratista de la nobleza. Y en 1786 es nombrado pintor de cámara.

En el invierno de 1792-1793 Goya estuvo muy enfermo. No se conoce a ciencia cierta la naturaleza del mal que le aquejó, “de las más terribles” a decir de Zapater, y que le dejó completamente sordo. Esa tara física contribuyó sin duda poderosamente a enriquecer la vida interior del artista, a propulsar su imaginación hacia zonas no exploradas hasta entonces.

Apenas restablecido de su enfermedad, Goya pintó un grupo de cuadros. A este grupo pertenecía La casa de locos, El naufragio, El incendio

En 1795 fue nombrado, sucediendo a Francisco Bayeu, director de pintura de la Academia de san Fernando. Pero dos años después dimitió, a causa de su sordera, y sin duda también por el concepto totalmente antiacadémico que tenía la educación artística; quedó como director honorario.

En 1799 llegaba a la cúspide de su carrera oficial con el nombramiento de primer pintor de cámara. Su labor como retratista es inmensa en este tiempo, y de una sabiduría pictórica, profundidad sociológica. Retrató a los reyes, a pie y a caballo, y a la familia real entera, La familia de Carlos IV, que une a su calidad excelsa su valor documental, revelador sin tapujos de la contextura moral de los personajes; el retrato colectivo gustó mucho a la corte, pero acaso sea significativo que hasta 1808 no se volviera a encargar a Goya otro retrato para palacio.

En 1808, al subir al trono Fernando VII, Goya le retrató (Fernando VII a caballo, Academia de san Fernando). En octubre de aquel año, ya en plena guerra contra los franceses, marchó a Zaragoza llamado por Palafox para ver y examinar las ruinas de aquella ciudad. En 1812 murió Josefa Bayeu. El inventario de bienes subsiguiente muestra que Goya disfrutaba de una posición económica desahogada, que mantendría hasta su muerte.

En estos años el estilo de Goya evoluciona hacia una mayor concentración expresiva, va renunciando a las veladuras a favor de una pintura más directo, sintética y cuajada de materia, su paleta se simplifica, con tendencia a los acordes sobrios y un amplio empleo de los negros.

En la pintura religiosa, más que las convencionales Asunción y Santa Justa y Rufina, hay que destacar La oración del huerto y La última comunión de san José de Calasanz, quizá sus obras más sentidas y auténticas de todas las de este género.

Con la persecución que sufrieron los liberales en Francia, Goya se sintió amenazado y en mayo de 1824, pasada la primera oleada represiva, solicitó permiso del rey para ir al balneario de Plombières, que le fue concedido. A fines de junio estaba ya en Burdeos, refugio de muchos liberales y afrancesados españoles.

Muere en Burdeos el 16 de abril de 1828, a los 82 años de edad, de una parálisis.

GOYA, PINTOR DE GUERRA




Todo comenzaría en 1807 con el Tratado de Fontainebleau. Napoleón, harto de los ingleses, que aún le presentaban resistencia, decidirá someterlos a un bloqueo comercial que les obligue a rendirse. Pero para ello precisaba acabar antes con Portugal, aliado de los ingleses durante este sitio económico, de modo que va a pactar con España un acuerdo por el cual se repartirían el territorio lusitano una vez derrotado este país. Acuerdo y firmas echadas, Napoleón se instala con el beneplácito del gobierno español en territorio ibérico. Sin embargo, la ambición del francés va un poco más lejos y decide “conquistar” España, expulsando a la familia real borbona.

¡Se llevan al infante!

El 2 de mayo de 1808 un grupo de soldados del bando napoleónico trata de sacar del Palacio Real de Madrid al infante Francisco de Paula, hijo de Carlos IV, para llevarlo a Bayona ( Francia ) con el resto de la familia real. Este hecho, observado por un grupo de personas reunidas en torno al palacio, será la gota que colme el vaso de los abusos galos contra el pueblo español. Toda la serie de desórdenes previos y la presión ejercida sobre el rey Fernando VII y su padre, que acabó con una abdicación a favor de José I Bonaparte, van a desembocar en este punto en un altercado inicio de una guerra popular que se extenderá como la pólvora por la ciudad: los levantamientos del 2 de mayo. Una revuelta que tendrá respuesta en la forma de una sangrienta represión ordenada por el general Murat y que supondrá el inicio del fin de Napoleón y el comienzo de la Guerra de la Independencia española, que se alargará todavía seis años más.

La carga de los mamelucos

Si bien el cuadro más conocido de Goya acerca de este episodio es el que representa los fusilamientos del pueblo español a manos de los soldados franceses el posterior día 3 de mayo, es el titulado La carga de los mamelucos el encargado de recoger la confusión y el horror vividos en Madrid el 2 de mayo de 1808. Concebidos ambos como un díptico inseparable, fueron el resultado de una propuesta realizada por Goya a la Regencia de España en 1814 “[…] para perpetuar por medio del pincel las más notables y heroicas acciones o escenas de nuestra gloriosa insurrección contra el tirano de Europa". Sin embargo, no hay nada de épico en estos cuadros, en los que se muestra en toda su crudeza la locura y crueldad de la guerra, convirtiéndolos en un ejemplo atemporal del carácter humano en cualquier clase de enfrentamiento pasado, presente o futuro.

“Goya en tiempos de guerra”

Con motivo del bicentenario de la Guerra de la Independencia española, el Museo del Prado ( Madrid, España ) presenta una exposición monográfica acerca del pintor aragonés, en la que destacan los restaurados óleos del 2 y 3 de mayo. Una muestra que recoge casi 200 creaciones de Goya y que permite ver su evolución desde 1795-1800, años de febril actividad y que finalizarán con su nombramiento como Pintor de Cámara, hasta 1814-1820, periodo en el que llevará a cabo sus famosas estampas de La tauromaquia y los Disparates. Un conjunto de obras, el más grande reunido por este museo desde la exposición que organizara en 1996 con ocasión del 250 aniversario del nacimiento de Goya, procedentes de instituciones y colecciones privadas de todo el mundo. artelista.com